El amaestrador y don Agusto Puma El Adivinador.

 

El mercado de Valparaíso es como todos los mercados del mundo (bueno, esto es lo pienso yo). Se despierta a eso de las tres de la mañana. Los comerciantes instalan sus tiendas cargando sus bultos traídos, a veces, desde las lejanías que ocultan los cerros, y encaminados mediante carretas tiradas por mulas, o por un camión acatarrado o por una camioneta que perdió una puerta (sólo Dios sabe cómo) etc.

El amaestrador apareció una mañana, a eso de las siete, sin pedir permiso a nadie, no teniendo el famoso vale entregado por el ayuntamiento, ni nada. Y ¿a quién se le iba a ocurrir que su mercancía no tenía nada que ver con las otras ya expuestas allí?

Con desparpajo se paseó por entre los vendedores de ajos y cebollas y otras mercaderías, simulando quizás ser un futuro cliente que controlaba los precios, haciendo valer la competencia.  Dio vueltas por entre las jaulas que contenían gallos y gallinas que picoteaban furiosamente el piso de la jaula, por entre los corralitos que también retenían prisioneros a cachorros, a conejos y a patos armando algarabía, mezclando sus graznidos al canto del gallo cuyo kikiriquí pretendía defender a sus gallinas. Volvió atrás, atravesando el mercado, miró un terrenito desocupado, preguntó “Oiga, hay alguien que se instala aquí” y ante la respuesta negativa de un vendedor de naranjas, exclamó “Güeno, aquí me pongo yo”

Se alejó hacia una calle adyacente, abrió la puerta de su destartalada camioneta e hizo bajar a un puma que mantuvo atado con una correa para perros. Llegando al puesto que había elegido dejó al puma que se tendiera tranquilamente, al lado del vendedor de naranjas. Este viendo en sus cercanías al animal, del que sólo había oído hablar cuando chico, en los pocos años que había frecuentado la escuela primaria, dio, un salto atrás y exclamó ¡ no pos iñó, si en este lao se vende fruta nomás!. El hombre lo miró entre alegre y sorprendido y respondió «no se preocupe, él no come frutas»

 

El mercado empezó a llenarse poco a poco. El hombre del puma se fabricó un cartelito en un pedazo de cartón escrito con carbón: «Aquí le van a adivinar su lugar de nacimiento, sólo por 10 pesos.

El puma se sentó, con las orejas alertas, bostezó mostrando unos caninos impresionantes y miró con sus amarillos ojos a la turba que empezaba a pararse, prudente, curiosa y fascinada.

¡ Un puma en esta feria ¡  ¡Vengan a ver, parece que el ñato adivina adónde naciste!

Cuando el hombre estimó que la muchedumbre ya se había agrupado lo suficiente, habló con voz estentórea.

« Señoras, Señoritas y Señores, les presento al adivinador más grande que se pueda imaginar, a don Agusto Puma, a quién he dado el mote de El Adivino. Pregúntenle señores  ¿adónde nací yo? y le dan su fecha de nacimiento, y él lo sabrá dándome con sus muecas y saltos, el lugar, en un lenguaje secreto que hemos inventado los dos, sólo cuesta 10 pesos el presenciar y oír su lugar en donde ustedes nacieron, su respuesta que ustedes escucharán por mi boca»

«Diecisiete de febrero, de mil novecientos treinta», gritó una voz de detrás de la turba. Los de primera fila se pusieron de puntillas tratando de ver de dónde salía aquella voz, pero alguien les dio un tirón y pudieron ver al puma que movía las orejas y se rascaba el pescuezo.

« Ah, usté nació en el Belloto¿ cierto o no ?» ¡ Cierto ¡,  exclamó la voz. Se abrió paso por entre la gente y tendió su billete.

Uno del medio propuso «12 de diciembre de 1948» y el puma se revolcó en el suelo, luego se sentó moviendo la cola « Ah no pos ñato, si tiene que haber nacido aquí nomás, en Chile, usté no es de aquí» ¡ Cierto ¡, gritó el hombre macizo y lleno de canas. Pasó el billete a un chiquillo que se lo tendió, tiritando de miedo, y mirando fijamente al puma.

 «20 de noviembre de 1935», exclamó una voz ronca de albañil que llevaba dos canastos llenos de fruta y el puma se lamió la pata derecha y bostezó. «Usté nació en Villa Alemana iñó, ¿cierto? »¡ Cierto ¡ dijo la sorprendida y ronca voz. . El billete de 10 pesos se agregó a los otros en el bolsillo del hombre. Y así pasó la mañana. El Puma se revolcaba, a veces saltaba, otras se lamía las patas traseras, hasta que poco a poco la muchedumbre se fue alejando, preocupada por terminar sus compras, que la mañana se les había hecho corta.

El amaestrador guardó sus cartelito, tiró al puma con su lazo de perro guardián y se alejó culebreando por entre los vendedores, que lo miraban con curiosidad y respeto. Alguien comentó a sus espaldas « ¿ De aonde sacó a tanta gente pá que viniera a ayudarlo? » « A lo mejor fue un circo que está en quiebra, pos» comentó otra voz. El hombre se perdió en los confines del mercado sin escuchar, tirando su puma que jadeaba sacando una lengua roja y voraz.

Durante mucho tiempo Don Agusto Puma y su amaestrador visitaron mi sueño. A veces El Adivinador se escapaba y dando un salto mortal atravesaba la muchedumbre perdiéndose en el espacio. Otras tantas me las arreglaba para inventar fechas y Don A gusto Puma se quedaba inerte, sentado como un adorno de cera o de porcelana. El Amaestrador estaba a punto de abrir la boca cuando el despertador me sacaba de la cama.  

Una vez tuve noticias de los dos. Parece que se habían instalado en un barco de turistas, en el extremo sur del país, por allá, donde la tierra se resquebraja para volverse archipiélago. El amaestrador quizás estuviera dando a conocer a su don Agusto Puma, cuando el terremoto y el maremoto de los años sesenta lo revolvió todo, y transformó esa calamidad natural, en duelo nacional.  Hasta puertos enteros desaparecieron llevándose consigo al amaestrador y a su don Agusto Puma, El Adivinador.

 

Diomenia Carvajal. Texto para ser editado en formato libro con el título de : “Crónicas del Puerto”.

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